Una vez percatada de que tú también te hallabas despierto y de que mi cuerpo se mantenía colocado. Todas las piezas, incluyendo las extremidades, en su sitio. Y al saber que no eran sólo ilusiones mías sino que la revocada y blancuzca me las devolvía.
Entonces, me daría la vuelta decididamente, para darte la espalda. Mi espalda rozaría tu pecho y sentiría el cosquilleo de tu bello. Incluso, poco a poco, iría sintiendo dos pequeños granitos, diminutos y paralelos.
Mis nalgas seguidas por mis pantorrillas se posarían sobre tus piernas también dobladas, encajadas con las mías como un puzle. Un cuerpo que siempre encuentra en el otro la pieza que le falta. Aunque aún no hubiese sentido nada decidido y grueso entre tus piernas.
Acurrucada en tu regazo seguiría soñando despierta y tú me olerías el cuello para asegurarte de que era la misma de siempre, la misma de ayer por la noche. Con el recuerdo como la primera pieza de un dominó que empuja a la otra potenciándola hasta la infinita, una convulsa sacudida recorrería nuestros cuerpos, primero el tuyo y más tarde el mío. Desde el corazón todas las venas hasta los más lejanos y extremos capilares, como carreteras que se extienden por el mundo hasta el más allá. Y entonces sí.
XIII
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miércoles, 7 de septiembre de 2011
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